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"SUPEREMBRIONES" (Miguel Ángel Loma)

"SUPEREMBRIONES" (Miguel Ángel Loma) “SUPEREMBRIONES”

Es incomprensible que a estas alturas de la evolución humana algunos sigan empeñados en ponerle puertas al campo de los avances liberadores de la ciencia, y peor aún, es que encima se les preste atención. Hay que ver la que nos están dando últimamente con el tema de la experimentación con embriones humanos: que si han de tener un determinado número de días, que si no han de estar pasados de fecha, que si habría que contar con el consentimiento de los supuestos “padres”, que si la investigación debe hacerse de forma muy controlada... Por no citar las objeciones de todos esos ayatolas fundamentalistas que se oponen radicalmente al asunto, alegando que los embriones son ¡seres humanos! Hasta ahí podíamos llegar. Mucha ignorancia y mucho Torquemada suelto es lo que hay. Cualquiera que tenga dos dedos de frente progresista sabe que no podemos detenernos en este tipo de disquisiciones pseudoéticas y que, de hacerles caso, todavía andaríamos pintando monigotes en las cuevas de Altamira, a mano y sin spray.
Este tema de los embriones debemos afrontarlo con apertura de criterio y con la misma sensibilidad científica con la que tratamos una muestra de heces o de orina (en realidad, no creo que los embriones, por muy humanos que sean, difieran mucho de esos otros elementos orgánicos y además, seguro que olerán mejor). Lo ideal sería que cuando la ciencia haya demostrado la viabilidad en el desarrollo de estas asociaciones celulares, su cultivo no quedase reservado a los laboratorios públicos o privados, sino que debiera democratizarse su uso para que cualquiera pudiera criar un embrión en casa, disponiendo así de sus propias piezas de recambio (por entendernos). De esta manera, no habría que importunar a nadie ni tener que esperar una lista de posibles donantes y otras molestias por el estilo.
No creo que en un futuro todo esto resulte muy difícil, sino que será cuestión de instalar bancos de embriones en todos los municipios y que estos se encarguen de su distribución, facilitando el pedigrí biológico de su procedencia (color de ojos y cabello, raza, tamaño del sexo, etc.), junto al instrumental pertinente para su cultivo y el correspondiente libro de instrucciones. Así, cada persona dispondría de un embrión en su propio domicilio, y allí mismo lo iría criando y engordando; claro que hay gente muy escrupulosa, y lo mismo esto de tener al embrión tan cerca le produce un poquillo de repelús porque no lo encuentran higiénico o porque se le pueda llenar la casa de moscas u otros insectos extraños. Bueno, en ese caso, a lo mejor sería cosa de habilitar un localito en cada comunidad de vecinos donde colocaríamos a todos los embriones, y de paso fomentaríamos las relaciones de solidaridad intervecinal; pero esto serían ya cuestiones secundarias.
Una vez que hubiéramos conseguido el pleno desarrollo de los embriones (que cuando estuvieran creciditos, y para evitar tiquismiquis moralistas, podríamos denominar “superembriones”), los mantendríamos en estado vegetativo, como en una especie de despensa sanitaria. ¿Qué nos hace falta un riñón, un hígado o una próstata? Pues ahí tenemos al superembrión, que ni siente ni padece, para extraer de él todo lo necesario. Esto del cultivo doméstico facilitaría además, el libre intercambio entre ciudadanos, tipos de familias y polígonos convencionales afectivos, sin innecesarios trámites burocráticos. Así, por ejemplo, si en un futuro de progreso un matrimonio de lesbianas que hubiese estado cultivando un par de superembriones femeninos quisiese cambiar de opción sexual, incluyendo los correspondientes apéndices orgánicos, para pasar a ser un matrimonio de homosexuales masculinos, podrían intercambiar sus superembriones femeninos por una pareja de superembriones masculinos, a través de un simple anuncio en la sección de intercambio de superembriones de la prensa local. (Bueno, esto así contado parece un lío, pero en la práctica será más fácil; aunque seguro que con el tiempo también se pueden lograr superembriones hermafroditas y nos ahorramos problemas).
Lo importante es que todo lo que signifique un avance para la humanidad sea fomentado por los gobiernos de progreso, sin detenernos ante lo que digan los moralistones de tres al cuarto, que seguro que le encuentran algún reparo a todo esto. Y además, el que no esté de acuerdo, que no los cultive y en paz; pero después que no salga diciendo que necesita un trasplante. Si por mí fuera, a todos esos que se oponen a estos maravillosos avances de la humanidad, lo primero que haría sería transplantarles el cerebro, porque lo único que demuestran con sus actitudes manifiestamente retrógradas y antiprogresistas es que carecen de una mínima sensibilidad con los seres humanos, con los auténticos seres humanos, claro; y no con los engendros celulares, ya sean de cultivo externo o de desarrollo intrauterino no deseado.
Publicado originalmente el 15 de julio de 2003.

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